La iglesia bizantina

La iglesia bizantina

En octubre de 1919, la Custodia de Tierra Santa puso la primera piedra para la construcción de la nueva iglesia. Es verdad que algunos pequeños indicios dejaban vislumbrar la presencia de una estructura más antigua: la roca que sobresalía en medio del coro había sido cincelada, bajo el suelo, en una dirección que no coincidía con el eje de la iglesia, pero sí en línea con la roca que existía detrás del ábside.

Comenzados los primeros trabajos de cimentación, procediendo al vaciado para colocar un pilar, salieron a la luz restos de un mosaico que se hallaba a dos metros bajo el nivel de la iglesia medieval. Se decidió entonces reemprender inmediatamente las excavaciones arqueológicas, que duraron desde el 19 de abril de 1922 hasta 1924, año en que fue consagrada la nueva Basílica de Getsemaní.

La iglesia bizantina estaba sensiblemente dispuesta hacia el nordeste respecto al eje de la iglesia medieval. Según el padre Vincent, que publicó un artículo sobre estas excavaciones en el segundo volumen de «Jerusalem Nouvelle», esta anormal orientación estuvo determinada por la pendiente de las rocas que bajan del Monte de los Olivos; por este mismo motivo, la fachada de la iglesia fue reforzada por muros de carga y se abrió un cisterna debajo del atrio, que quedaba un poco elevado respecto a la calle.

Una roca natural formaba la base del ábside central y se prolongaba hacia el interior de la nave. Dicha roca quedaba incluida dentro del presbiterio y se levantaba unos 35 centímetros; probablemente era mostrada a la veneración de los fieles, como testimonio de la agonía de Jesús en Getsemaní, puesto que los restos de roca hallados muestran huellas de la veneración de los peregrinos, que arrancaban pequeños fragmentos como reliquias. Por otra parte, también los incidentes que llevaron a la destrucción de la iglesia debieron provocar daños en esta roca.

La iglesia bizantina era de modestas dimensiones: 25,50 metros de larga y 16,35 metros de ancha; pero, según las indicaciones de la peregrina Egeria, debía de ser muy «elegante». Esas mismas proporciones aportaban a la iglesia un armonioso equilibrio. El espesor de los muros perimetrales era modesto (unos 60 centímetros), lo cual indica que no debía de tratarse de una iglesia muy elevada. La nave principal tenía 7,82 metros de ancha y 3,76 metros las laterales.

Dos filas de siete columnas formaban las naves en el interior del templo; cada nave terminaba en un ábside semicircular, siendo el central de mayores dimensiones. Las columnas lisas de las naves estaban coronadas por capiteles corintios con hojas de acanto, bien esculpidas y probablemente con una cruz por encima de las volutas, en un estilo más cercano al constantiniano del Santo Sepulcro que al clásico arte bizantino. El fuste de las columnas tenía un diámetro de 51 centímetros.

Por el exterior, los ábsides laterales estaban rodeados por un muro rectilíneo, mientras que el central sobresalía de dicho perímetro. En la parte exterior de los ábsides, la roca natural fue cortada en pared vertical para aislar la propia construcción absidal. A lo largo de todo el perímetro exterior de la iglesia se excavó un canal para recoger las aguas que, sobre todo en el periodo invernal, discurren abundantes hasta la falda del monte. Más aún: para aprovechar mejor este recurso hídrico, los canales llevaban el agua a una cisterna construida delante de la fachada, bajo el atrio.

El suelo de la iglesia estaba tapizado por espléndidos mosaicos, que se han conservado sobre todo en la nave sur y entre las columnas. En general, en el pavimento eran evidentes las huellas de un violento incendio, quizá el que destruyó la iglesia; los expertos, basados en fuentes literarias, datan este acontecimiento en el año 614, cuando los persas entraron en Jerusalén y destruyeron gran parte de las iglesias.

Los mosaicos presentan motivos geométricos y florales: un patrón de cinta entrelazada enmarcaba cuadros geométricos decorados con rombos y, en el centro de los paneles, un ramo de flores adornado con una cruz. La decoración musiva estaba realizada con teselas de color turquesa, rojo, amarillo y negro, sobre fondo blanco.

Los pocos fragmentos de mosaico conservados en la nave central mostraban una rica decoración floral sobre fondo negro. También las paredes debían de estar recubiertas de mosaicos, porque se encontraron algunas teselas de vidrio y de argamasa esmaltada.

Todo el edificio, cuya fachada se abría hacia el Valle del Cedrón por la calle que lo recorre de norte a sur, estaba precedido por una escalinata monumental que conducía al atrio; éste estaba rodeado por un pórtico columnado delante de la fachada y a ambos lados. Los pórticos laterales conducían a dos grandes salas, una al norte y otra al sur, también pavimentadas con elegantes mosaicos; la sala del lado sur estaba precedida por una pequeña estancia que albergaba una prensa de aceite.

Tanto en el atrio como alrededor de toda la iglesia se hallaron algunas tumbas; en el ábside norte también se encontraron otras tres sepulturas notables, muy diferentes del resto, rodeadas de mosaicos en el suelo circundante. Con toda probabilidad, estas tumbas encontradas en el interior del ábside norte fueron excavadas para tres personajes destacados, tal vez clérigos, que fueron sepultados en un lugar privilegiado dentro del templo. En el interior de una de las tumbas se encontró una cruz de hierro típica de la liturgia oriental. Conviene recordar, por lo demás, que todo el Monte de los Olivos y el Valle del Cedrón han tenido siempre un destino específico como necrópolis, desde la edad romana hasta nuestros días.