Antonio Barluzzi: l'architetto della Terra Santa

El arquitecto Antonio Barluzzi (1884-1960)

El arquitecto Antonio Barluzzi (1884-1960), romano de nacimiento, dedicó toda su vida a Tierra Santa proyectando nuevos santuarios por encargo de la Custodia. Entre sus primeras obras están las iglesias de Getsemaní y del Tabor; a éstas les siguieron muchos otros santuarios.

Barluzzi llevó a Tierra Santa una nueva forma de entender la arquitectura. Hasta entonces, los proyectistas habían seguido los estilos de épocas pasadas, reconstruyendo iglesias en forma gótico-cruzada, bizantina o clásica.

Barluzzi, hombre de profunda fe, sintió la necesidad de evitar «la arquitectura genérica, que repite siempre la misma palabra», como muy bien expresó en su artículo sobre Nueva arquitectura de los santuarios de Tierra Santa, publicado en 1951.

Los santuarios que el arquitecto proyectó debían expresar una específica evocación al «misterio de la vida de Cristo», para ayudar al fiel a entrar en el sentimiento del lugar, «disponiendo su alma al recogimiento, a la dilatación del corazón».

Recibido el encargo para la nueva Iglesia de las naciones de Getsemaní, encargo que incluía también el proyecto del santuario del Monte Tabor, Barluzzi adaptó el proyecto a las medidas y a la orientación de los descubrimientos que se estaban realizando contemporáneamente en la iglesia bizantina del siglo IV.

Il cantiere della Bisilica del Getsemani

La basílica fue pensada como un gran espacio único y abierto, limitado solamente por dos filas de seis columnas, en cuyo interior la luz debía ser uniforme, pero atenuada por los vidrios opalescentes en la gama del violeta, en recuerdo de la noche de agonía de Jesús. Los mosaicos que decoran los ábsides reproducen los hechos acaecidos en Getsemaní: la agonía, la detención con el beso de Judas y el «Ego sum» (Jn 18,5-8). La decoración de las bóvedas y de las cúpulas recuerda los olivos del jardín y el cielo estrellado, mientras que la cúpula dorada central, sobre el presbiterio, alude al misterio celeste. Todo conduce a la meditación y a la oración y converge en un punto focal: el altar, donde se dejó a la vista la Sagrada Roca venerada desde la antigüedad.

Fue muy innovadora la opción de dejar a la vista el mosaico primitivo en el suelo, así como la precisa señalización arqueológica del perímetro de los muros de la iglesia original con los canales de drenaje del agua, la cisterna y las tumbas del atrio.

Para la forma exterior, Barluzzi propuso líneas de arquitectura clásica, con un pródromo solemne a base de columnas y culminado con tímpano. Esta elección estilística quería marcar un positivo contraste con las tendencias nacionalistas que, por aquel tiempo, llevaron a muchos países a levantar iglesias propias en Tierra Santa... La Basílica de las Naciones pretendía representar a todas.

El mosaico del tímpano, para el cual se convocó un concurso en 1926 con el fin de elegir la mejor obra, representa la glorificación de Dios a través del sacrificio de la vida de Jesucristo, que se hace intercesor de las plegarias de toda la humanidad.

Barluzzi, describiendo su obra, la destaca por «la correspondencia tan viva entre materia y forma, en el ámbito del sagrado recuerdo sobre el que se centra el santuario. Si contribuye a facilitar las lágrimas de las almas fieles sobre los dolores de Cristo», prosigue el autor, «habrá alcanzado la cumbre del éxito artístico».

Extraído de A. Barluzzi, Nuova architettura dei Santuari in Terra Santa, en “Custodia di Terra Santa, 1342-1942”, 1951, pp. 97-116.