La decoración del ábside

Fotos de los años cincuenta. Los ábsides están decorados con pinturas de Barberis

Así como una gran parte del proyecto de Barluzzi y de los otros artistas invitados a decorar la iglesia fue realizada en un tiempo breve, la decoración de los ábsides hubo de esperar una larga sucesión de versiones artísticas, si bien el motivo general había quedado decidido desde el principio. El tema para el ábside central debía ser Cristo en el huerto de los olivos en el momento de la agonía; para los dos ábsides laterales, se eligió representar a la derecha el beso de Judas y a la izquierda el Ego sum, el «yo soy» que Jesús declaró ante los guardias que buscaban a Jesús Nazareno para arrestarlo, tal como narra el evangelista Juan (Jn 8,5-8).

Para los tres ábsides, el pintor Mario Barberis presentó un primer boceto. Ya en la presentación de las primeras telas, en una sala de la Cancillería de Roma, el artista recibió algunas críticas negativas. Para el ábside central había sido realizado un primer cuadro, que el mismo Barberis sustituyó poco después por una segunda versión, que representaba a Jesús sufriente mirando hacia el cielo y un ángel arrodillado a su derecha entregándole un cáliz.

La custodia, no muy convencida de la bondad de la obra presentada, ofreció a la Comisión Húngara, que quería participar en las donaciones para la decoración de Getsemaní, la tarea de presentar un nuevo cuadro que durante varios años decoró el ábside, aunque también éste sin conseguir ajustarse a la sobriedad de la arquitectura pensada por Barluzzi. El arquitecto describía así el cuadro: “con esos rayos de oro y ese ángel bailando, con un Cristo que reza tan equilibradamente y tan vistoso desde el punto de vista cromático, con ese marco digno de cualquier imaginería barata..., tal vez guste a los simples, pero de ninguna manera será apto para refinar la sencillez artística de los fieles”.

Ese concepto de unidad de estilo y creación que Barluzzi quería expresar en las iglesias proyectadas por él exigía para Getsemaní que la ornamentación del ábside estuviese en sintonía cromática con los mosaicos de las bóvedas y que expresase, sin afectación ni excesos, el espíritu profundo del misterio narrado en los evangelios. Y así, por fin, se prefirió confiar de nuevo a Barluzzi la decisión de elegir la obra que habría de transformarse en mosaico. Eligió los cartones realizados por el artista Pedro D’Achiardi, que ya había diseñado la decoración de las bóvedas y del suelo. La obra fue realizada al acabar la Segunda Guerra Mundial, en los talleres artísticos del Vaticano, a expensas del Comisariado de Tierra Santa de Hungría.

La decoración del ábside: ayer y hoy