La posesión de la Tumba de María y de la Gruta de la Traición

Los representantes de las comunidades religiosas ante la Tumba de la Virgen y la Gruta de Getsemaní. finales del siglo XIX

Un firmán de 1636 declara que los religiosos franciscanos poseían la Tumba de María desde tiempo inmemorial. En efecto: en 1361 y 1363, tanto la reina de Nápoles, Juana, como el rey de Aragón, Pedro IV, se prodigaron con el sultán mameluco de Egipto para tratar de conseguir la Tumba de María en favor de los franciscanos. Su intervención tuvo éxito: los Estatutos de Tierra Santa de 1377 prescriben que los frailes celebren todos los sábados la Santa Misa en la Tumba de la Virgen, celebración recordada en 1384 por el peregrino italiano Jorge de Guccio Gucci.

El derecho de propiedad sobre la Tumba de María por parte de los franciscanos y la potestad exclusiva de celebrar allí misa diaria fueron confirmados en los decretos de los sultanes otomanos hasta 1847, pero quedaron anulados definitivamente pocos años después, en un firmán de 1853.

En 1757, muchos santuarios habían sido usurpados por los griego-ortodoxos, entre ellos la Tumba de María. Se limitó así la presencia franciscana en este lugar santo. Por otra parte, la intervención de Rusia en favor de los griego-ortodoxos impidió, de hecho, el restablecimiento de los derechos de los franciscanos.

Actualmente, la Tumba de la Virgen está custodiada por los ortodoxos, tanto griegos como armenios, y constituye, junto a la Basílica de Belén, el Santo Sepulcro y la Ascensión, el cuarto lugar santo regulado por el Statu Quo. Allí se establece que los franciscanos puedan seguir yendo en procesión solemne sólo una vez al año, en la fiesta de la Asunción de la Virgen María, el 15 de agosto.

A diferencia de lo ocurrido con la Tumba de María, la Gruta de la Traición, a la derecha de la entrada en la Tumba, ha permanecido siempre bajo la custodia de los franciscanos. Igual que en la Tumba, la presencia de los frailes en la Gruta se remonta al siglo XIV. En 1803, los religiosos obtuvieron del sultán Selim III el permiso para poner una puerta en la entrada y poseer la llave, puerta que permitió su preservación como lugar de oración.