Angustia

La única ocasión en la que los evangelistas emplean la palabra «angustia» atribuyéndosela a Jesús es en la escena del Huerto de los Olivos, cuando «se lleva consigo a Pedro, Santiago y a Juan –escribe Marcos– y empezó a sentir espanto y angustia» (Mc 14,33). Los discípulos que acompañaron a Jesús eran sus íntimos, los mismos que habían contemplado la manifestación de su esplendor en el Monte Tabor: fortalecidos por aquella gloriosa visión, podrían soportar, sin perder la esperanza, la imagen de un Jesús preso de la angustia. Aquellos tres apóstoles tenían que acompañarle con su oración, velar con Él...

Que se trató de una verdadera angustia, lo revelan las propias palabras de Jesús: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mc 14,34). Jesús utiliza el lenguaje de los Salmos: «¿Por qué te acongojas, alma mía?» (Sal 43,5); la expresión ‘hasta la muerte’ alude a la experiencia vivida por muchos enviados de Dios en el Antiguo Testamento, que piden su propia muerte como alivio ante las hostilidades encontradas en la misión que se les había confiado (cf. Nm 11,14-15).

Se puede afirmar, por tanto, que si hay un momento y un lugar en los que se muestra de modo inequívoco la humanidad de Jesús, esa situación es el Huerto de los Olivos, en aquella noche de la traición de Judas.

Allí aparece la debilidad de un Jesús lleno de miedo. Lucas lo describe «en medio de su angustia»: Jesús, sufriente como Job, se siente espantado ante el miedo a la muerte (Lc 22,44). Si el miedo y la turbación son reacciones humanas ante el pensamiento de la muerte, la angustia es la experiencia de la soledad absoluta de quien prueba el silencio de Dios.

Juan no describe el trágico momento de la lucha interior de Jesús en Getsemaní, pero no olvida la turbación del Maestro. En efecto: tras los exultantes hosannas de la muchedumbre cuando Jesús entró en Jerusalén, Juan narra el anuncio que Jesús hace de su glorificación (Jn 12,20-36). Jesús, rodeado por los griegos, que representan simbólicamente al mundo pagano, comprende que ha llegado la hora del Padre, es decir, que su muerte en cruz está próxima: «Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,31-32). En este contexto sitúa Juan la turbación de Jesús: «Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ‘Padre, líbrame de esta hora’. Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12,27-28a).

Pero el Jesús de Juan no queda abandonado y solitario en su angustia. Igual que en otras ocasiones en las que Jesús se dirige directamente al Padre, el Padre escucha y responde: «Entonces vino una voz del cielo: ‘lo he glorificado y volveré a glorificarlo’» (Jn 12,28).

Por el contrario, la experiencia de Getsemaní en los evangelios sinópticos es una experiencia de profunda soledad. En esta ocasión, el Padre calla. Y Jesús no vive la angustia de la soledad externamente, como si fuera un simple testigo, sino en lo más profundo de su interioridad, como la persona más sola y abandonada, puesto a prueba en «la carne, que es débil», es decir, en su más íntima humanidad. Tan sólo Lucas se atreve a poner en escena el consuelo de un ángel (Lc 22,43).


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