Oración

Jesús combate su debilidad aferrándose a su oración al Padre. Toda la vida de Jesús fue una íntima relación con el Padre. Cuando se retira a rezar, solo, en un alto o en el desierto, al reunirse después con los apóstoles no les cuenta nunca nada de su diálogo con el Padre.

También en Getsemaní Jesús se retira para rezar, en aquel lugar silencioso y apartado al que iba a menudo. Su oración ahora es más intensa que nunca: es la oración de un condenado a muerte que pide no tener que morir.

¿Era consciente Jesús de lo que iba a pasar? Los sinópticos narran que, después que Pedro lo reconoció como «el Mesías de Dios» (Lc 9,20), Jesús anunció que «el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Lc 9,22; cf. Mt 16,21; Mc 8,31). Jesús fue ayudando a sus discípulos a entender las Escrituras y las palabras de los profetas que anunciaban la llegada del Mesías, palabras que se cumplirían en él a través de su trágico final.

Acabada la cena de la Eucaristía en el Cenáculo, antes de salir hacia Getsemaní, Lucas afirma que Jesús habló de su pasión como parte del plan de salvación, tal como lo había anunciado Isaías: «Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: ‘Fue contado entre los pecadores’» (Lc 22,37; cf. Is 53,12). Mateo y Marcos ambientan en el recorrido que va desde el Cenáculo hasta el Monte de los Olivos el anuncio que Jesús hizo a los discípulos acerca de cómo reaccionarían a su detención, tal como profetizó Zacarías: «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea» (Mt 26,31-32; Mc 14,27-28).

Jesús, pues, sabía lo que iba a suceder y su oración en Getsemaní trataba de acortar la distancia que existía entre el rechazo al gran sufrimiento que lo llevaría a la muerte y la voluntad de aprender la obediencia al Padre. En eso consistió, sustancialmente, la oración de Jesús a su Padre, su ‘Abba’: unirse fielmente a su voluntad, por más oscura y difícil de aceptar que fuera. Por otro lado, Jesús mismo había exhortado en variadas ocasiones a los apóstoles a ponerse en disposición de cumplir la voluntad de Dios: «El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,50).

Jesús cae rostro en tierra: es una postura de oración que expresa obediencia a la voluntad del Padre, abandono plenamente confiado en Él. En este extraño y contradictorio destino como Mesías venido para salvar a la humanidad y obligado a sufrir la muerte, Jesús veía el secreto de la renovación radical de la condición del hombre y del mundo.

También esta noche de angustia está inscrita en el designio de amor de Dios por el hombre; la oración de Jesús es la misma a la que cada hombre debe aferrarse en los momentos de oscuridad.

«Jesús lleva a cumplimiento el designio amoroso del Padre y toma sobre sí todas las angustias de la humanidad, todas las súplicas e intercesiones de la historia de la salvación; las presenta al Padre, quien las acoge y escucha, más allá de toda esperanza, resucitándolo de entre los muertos» (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 543).


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