Traición

Jesús se sabe Mesías de su pueblo, pero rechaza cumplir su misión utilizando instrumentos de poder político, económico o religioso. Él acepta convertirse en víctima del poder. Más aún: es consciente de que éste es el destino al que el Mesías no debe renunciar.

Por eso es Él el que sale al encuentro de Judas, tal como narra el evangelista Juan.

Como buen judío, Judas esperaba al mesías, pero su ambición lo llevó a interpretar las enseñanzas en torno al mesías de modo reducido y material. Por eso se desvaneció toda su confianza en Jesús. Aquella noche, Jesús, al salir al encuentro de Judas llamándolo ‘amigo’, recurre a toda la dulzura de quien todavía desea vivamente llegar al corazón del apóstol, sin forzar su libertad; pero Judas ya había elegido. El beso, un gesto de amor que se transforma en vil traición, hace todavía más daño a Jesús.

En la narración de Juan, tras el gesto de humildad y servicio que supuso el lavatorio de los pies, Jesús anuncia a los apóstoles la traición que sufriría por parte de Judas (Jn 13,21-30). Ya antes, al concluir la narración de la multiplicación de los panes y los peces, el evangelista Juan coloca el primer anuncio de Jesús acerca de la futura traición de uno de los Doce (Jn 6,70-71). En los evangelios, toda la acción se va dirigiendo hacia la inevitable traición que llevará a Jesús a la muerte.

Más allá de las posibles interpretaciones de la motivación de la traición de Judas, los textos evangélicos insisten en un aspecto particular: Juan dice expresamente que el diablo había puesto en el corazón de Judas la traición a Jesús; y también Lucas escribe en el mismo sentido (Jn 13,27; Lc 22,3).

Judas, hijo de Simón Iscariote, era el administrador del grupo. Juan describe su perfil como el de un ladrón: «como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando» (Jn 12,6). Al igual que los otros apóstoles, Judas conocía bien el lugar de Getsemaní, puesto que era frecuentado por el grupo. Él, que «andaba buscando ocasión propicia para entregarlo» (Mt 26,16) a cambio de treinta monedas de plata –el precio que la Ley de Moisés fijaba por la vida de un esclavo muerto (Ex 21,32)–, condujo a Getsemaní a los guardias hasta Jesús en el corazón de la noche (Mt 26,14-15; Lc 22,3-6). Quizá ni siquiera el mismo Judas era consciente de que su traición causaría la muerte del Maestro.

Dice Benedicto XVI: «Cuando pensamos en el papel negativo que desempeñó Judas, debemos enmarcarlo en el designio superior de Dios, que guía los acontecimientos. Su traición llevó a la muerte de Jesús, quien transformó este tremendo suplicio en un espacio de amor salvífico y en entrega de sí mismo al Padre (cf. Gal 2,20; Ef 5,2.25). En su misterioso plan de salvación, Dios asume el gesto injustificable de Judas como ocasión de la entrega total del Hijo por la redención del mundo» (Audiencia general, 18 de octubre de 2006).


La fragilidad humana que lleva a la traición no se manifiesta sólo en Judas, sino también en el mismo Pedro, el apóstol elegido para sostener y congregar a los discípulos tras la muerte de Jesús. Incrédulo y seguro de sí, Pedro ni siquiera contempla la posibilidad de renegar de Jesús cuando, en la Última Cena, el Maestro previene a los apóstoles –y en primer lugar a Pedro– de que satanás los ha reclamado para cribarlos como trigo (Lc 22,31).


Pero Pedro, después de la detención de Jesús, lo niega más veces (Mt 26,69-75; Mc 14,66-72; Lc 22,54-62; Jn 18,12-27). Es verdad que seguía a su Maestro de lejos, pero el miedo a ser reconocido como seguidor suyo lo llevó a jurar no conocerlo; el canto del gallo lo devuelve a la realidad, a reconocer su incapacidad de ser fiel. Y a partir de este reconocimiento y del llanto amargo descrito por los sinópticos, nace en Pedro una nueva conversión que, a diferencia de Judas, lo mantendrá en su papel de cabeza de los apóstoles, incluida la elección del martirio a ejemplo de Cristo.


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