Padre Camilo de Rutigliano

Jardín de Getsemaní en el siglo XIX

Serafín Milani de Carrara, secretario del Custodio (1863-1873), cuenta en su diario de 1868 todo lo que ocurrió tras la decisión de la Custodia de Tierra Santa de construir un nuevo muro perimetral alrededor de su propiedad de Getsemaní. El suceso es una de tantas «historias de Tierra Santa», donde parece que la propiedad de los lugares no estaba totalmente garantizada por el derecho, sino que más bien prevalecía el interés de cada una de las comunidades cristianas que pleiteaban por los lugares santos.
Por otro lado, es interesante ver cómo la veneración de los lugares se ha ido modificando a lo largo del tiempo. Si hasta comienzos del siglo XX los peregrinos iban a Getsemaní a rezar ante la Columna del Arresto de Jesús y ante las Rocas de los Apóstoles, tras la construcción de la basílica, la veneración se concentró sobre la piedra desnuda de delante del altar, que señala la memoria de la agonía de Jesús, cuando su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían a tierra; la construcción de la basílica hizo que volviese a la Gruta de Getsemaní el memorial de la traición de Judas.

Padre Camilo de Rutigliano,
Subsecretario de Tierra Santa, con fecha de 15 de julio de 1868:

“Hacia mediados de mayo de este año 1868 comenzó la construcción del muro perimetral en el lugar del arresto de Nuestro Señor Jesucristo (por ‘lugar del arresto’ entiéndase el lugar de la agonía, donde actualmente se encuentra la basílica). El primer día se derribó la tapia de piedra seca que cercaba aquel lugar y comenzó la excavación para los cimientos del nuevo muro. El acontecimiento llevó al lugar, al día siguiente, a los dos patriarcas cismáticos griego y armenio, quienes aparentemente aprobaron lo que hacíamos; sólo dijeron, como con autoridad, que el paso, es decir, la anchura entre los dos muros laterales, había de hacerse más amplio (para evitar problemas, nosotros seguíamos el recorrido de la tapia de piedra seca que existía antes). Su propuesta fue aceptada con gusto, pues siempre fue nuestro deseo que, cuando fuera tiempo propicio, se pudiera construir aquí una capilla. Al día siguiente se derribaron las cimentaciones realizadas, se llevó la excavación un poco más allá y se continuó la construcción en ambos lados. Durante el vaciado para la cimentación de este muro, en el lugar donde forman el semicírculo, se encontró algún fragmento de mosaico del pavimento antiguo y también un trozo del antiguo semicírculo de piedras bien trabajadas (ábside). Tanto el mosaico como el antiguo semicírculo se dejaron bajo tierra, en el lugar donde habían sido encontrados. Ya unos veinte años antes, nosotros, los franciscanos, habíamos colocado en la tapia de piedra seca un trozo de columna de un metro y veinte centímetros de altura.

Según el Muy Reverendo Padre Antonio de la Trasfiguración, hombre de Dios, aquel trozo de columna estaba tirado por tierra en el terreno de los olivos y nuestros frailes lo incrustaron en pie dentro de la tapia (la mitad de la columna, como ahora, era visible), para indicar a los peregrinos el punto donde ocurrió el arresto. En la parte visible de la columna estaban grabadas las Armas de Tierra Santa (el escudo de Tierra Santa), pero los cismáticos prácticamente la habían arruinado a base de golpes de piedra, quizá para hacer desaparecer aquel signo de propiedad. Así que el que suscribe, que todos los días iba a pasar algún tiempo a Getsemaní, por propia voluntad, antes que la columna fuese repuesta en el mismo lugar del nuevo muro, hice grabar una segunda Arma de Tierra Santa en la parte opuesta de la misma columna; y, para que los cismáticos no se molestasen al ver este nuevo escudo, mandé colocar la columna en la misma posición que antes, es decir, con el escudo antiguo en la parte externa y con el nuevo en el interior del muro; de esta forma, llegado el caso, los Religiosos de Tierra Santa podrían permitir a quien fuera medir tranquilamente la columna y probar su propiedad, porque estoy convencido de que, no pasando mucho tiempo, los cismáticos harán desaparecer por completo el escudo externo (la circunferencia de la parte visible de la columna es de unos 32 centímetros).

El 26 de mayo, cuando faltaban sólo dos hileras de piedra para concluir el muro, se presentaron en el lugar unas personas del Gobierno Turco y echaron a los albañiles y al resto de trabajadores. Con toda seguridad, la suspensión de los trabajos fue positivamente decidida, según se sospecha, por los ***, quienes –al menos así se decía– estaban en deuda con los griegos y con los armenios, de quienes esperaban –o así se les había prometido– que, con este favor, les fuera condonada la deuda.

El 30 del mismo mes de mayo, el Reverendísimo Padre Custodio escribió oficialmente al Cónsul de Francia, interpelándole sobre el motivo de la suspensión de los trabajos. La carta iba firmada también por Mons. Vicente Bracco, Obispo Auxiliar del Patriarca Latino de Jerusalén y Vicario General del mismo.

Al final, el 6 de junio, el Padre Custodio, que lamentaba muchísimo el mal causado a Tierra Santa, para no entrometerse, se fue a Belén.

La Comunidad de San Salvador entendió inmediatamente que el Padre Custodio, con su partida, dejaba libertad a los Religiosos para trabajar autónomamente en la cuestión del muro... ¡Y recogieron el guante!

Aquella misma tarde, una vez anochecido, unos doce hermanos laicos, uno tras otro, tomaron el camino de Getsemaní, unos pasando directamente por la puerta de san Esteban, otros por la puerta de Jafa, otros por la de Sión; al repique del Avemaría, se reunieron todos en el Jardín de Getsemaní. A las nueve de la noche, con luna llena, los hermanos laicos empezaron a trabajar y a la mañana siguiente, hacia las diez, quedó terminado el muro con la nueva puertecilla de hierro junto a la puerta del Huerto.

Esa misma mañana, cuando estaban a punto de terminar el muro, los cismáticos griegos y armenios, que se dirigían al Sepulcro de la Virgen para celebrar sus liturgias, se acercaron al lugar del trabajo; pero viendo que nuestros religiosos trabajaban con determinación (¡Ay si llegan a decir una sola palabra a nuestros frailes...!), se fueron con el rabo entre las piernas.

Por espacio de un mes aproximadamente, cada noche, al acabar el trabajo, cuatro o cinco religiosos y también algún sacerdote iban a Getsemaní al atardecer y montaban guardia, por miedo a que los cismáticos fueran a derribar el muro.

Diarium Terrae Sanctae, Franciscan Printing Press, Jerusalem 1908-1912, vol. V, pp. 34-35