Juan María Gelmi

Caravana de peregrinos rusos en el siglo XIX

El peregrino de Tierra Santa, 1870
Hoja periódica del Comité Italiano para las Caravanas de Palestina

En 1870 nacía el Comité Italiano para las Caravanas de Palestina, con sede en Florencia. Se trataba de una primera forma muy elemental de agencia de viajes para peregrinos. Uno de los objetivos de este comité consistía en hacer más fácil, o menos cara, la peregrinación a Tierra Santa. Ese mismo año, el comité comenzó a publicar una hoja periódica llamada «El peregrino de Tierra Santa». Los abonados podían encontrar en ella amplias informaciones sobre los lugares que había que visitar, informaciones obtenidas en los viajes realizados por las ‘caravanas’. La hoja ofrecía también un preciso repertorio de advertencias para el viaje, desde los gastos que se podían producir hasta la ropa considerada apropiada, e incluso las armas que había que llevar para la defensa personal. No faltaban, además, reseñas sobre los nuevos descubrimientos arqueológicos en Palestina.

El primer viaje de la Caravana comenzó el 14 de febrero de 1870 y concluyó el 18 de abril, tras dos meses y cuatro días de viaje, según el informe publicado por el sacerdote Juan María Gelmi en las páginas del periódico. Conformaban la caravana seis italianos, religiosos y laicos, procedentes de Bérgamo, Verona y Milán. La visita de Tierra Santa siguió el itinerario clásico: arribaron al puerto de Jafa pasando por Alejandría de Egipto; desembarcados allí, se dirigieron a Jerusalén y luego a Belén; viajaron después a Nazaret atravesando la Samaría; desde Nazaret bajaron hacia el Lago de Tiberiades y volvieron después al Monte Carmelo y Haifa; bordeando la costa hacia el norte, visitaron Acco, Tiro y Sidón y llegaron hasta Beirut, punto final de la peregrinación.

El 4 de marzo fue el día dedicado a la visita del Monte de los Olivos. Los lugares visitados son más o menos los mismos que hoy ven los peregrinos, pero el diario de viaje muestra claramente cómo los memoriales de los hechos evangélicos se han ido moviendo con el tiempo. En efecto: desde la destrucción de la basílica cruzada hasta la construcción de la actual basílica de Getsemaní, el memorial de la agonía de Jesús hubo de disponerse en la Gruta; con la construcción de la Basílica de la Agonía y el progresivo olvido de la columna que se encontraba en el Huerto de los Olivos, el recuerdo de la traición de Judas fue reubicado correctamente en la Gruta de Getsemaní.

4 de marzo de 1870.

Nos levantamos muy temprano y, una vez celebrada la Misa y tomado un café, nos pusimos en camino. El orden seguido en nuestras excursiones es el mismo que fray Lavinio publicó en su Guía. Así que, queriendo recorrer hoy una parte del Valle de Josafat y subir al Monte de los Olivos, salimos por la puerta de san Esteban, llamada antiguamente por los judíos Puerta de las Ovejas. Teníamos de frente, al este, el Monte de la Ascensión, coronado por un grupo de casas, y a nuestros pies el Valle de Josafat [...].

El torrente Cedrón recorre el Valle de Josafat, que tiene aproximadamente unos cien metros de ancho por tres kilómetros de largo. Su ribera derecha está toda diseminada de tumbas musulmanas [...] La izquierda, sin embargo, está llena de sepulcros de los judíos, que cada año llegan aquí desde lejanos países para buscar reposo en la tierra de sus padres. Un poco antes de alcanzar el torrente se puede ver la roca sobre la que fue lapidado san Esteban.

Atravesado el Cedrón por un puente de piedra, fuimos a visitar la iglesia de la Asunción de María Virgen. Es una iglesia subterránea a la que se baja por una amplia escalinata de 48 escalones. A la altura del escalón número 21 se encuentra, a la derecha, una capillita con dos altares, uno frente al otro, que ocupan los lugares de los sepulcros de santa Ana y san Joaquín. Casi enfrente a esta capilla, en el otro lateral de la escalera, está el sepulcro del glorioso patriarca san José. Al final de la escalinata está la iglesia, construida en forma de cruz, que alberga el sepulcro de la Virgen Santísima y desde donde la gloriosa Inmaculada Madre de Dios subió en cuerpo y alma al cielo. ¡Cuántos tesoros en espacio tan pequeño! Pero están en manos de los griegos no unidos, que usan de ellos arbitrariamente, por más que un firmán del Sultán reconozca a los franciscanos como legítimos propietarios.

Tras volver subiendo por la escalinata, entramos por una puerta de hierro en la contigua Gruta de la Agonía, donde nuestro divino Salvador, la víspera de su muerte, sudó sangre y tuvo la aparición del ángel que lo reconfortó. Hay allí un altar donde un padre religioso de Tierra Santa celebra todos los días el Santo Sacrificio y sobre el que hay un cuadro que representa de modo conmovedor la piadosa escena.

Junto a la gruta está el Jardín de Getsemaní, cerrado por un muro. Allí se veneran todavía ocho de los olivos que fueron testigos de las oraciones, de los suspiros, de los arrebatos de amor que el Hijo de Dios ofrecía al Eterno Padre por nuestra salvación. El terreno está cultivado con flores, que cada día se renuevan frescas en el Santo Sepulcro.

A la distancia de un tiro de piedra, fuera del Huerto, se ve la piedra en la que se recostaron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y se durmieron, mientras su divino Maestro hacía oración. En fin, un fragmento de columna indica el lugar donde Judas traicionó a Jesús con un beso.


El peregrino de Tierra Santa, Hoja periódica del Comité Italiano para las Caravanas de Palestina, año I, n° 2, pp. 61-64 (Florencia 1870).