Ferdinando Diotallevi

FERNANDO DIOTALLEVI, Padre Custodio de Tierra Santa, 1918-1924

Padre Custodio de Tierra Santa, 1918-1924

Al leer el Diario de Tierra Santa del padre Fernando Diotallevi se descubre la intrepidez, la fe y la tenacidad con las que este padre custodio –a pesar de lo dramático de su tiempo, recién acabada la Primera Guerra Mundial– condujo las relaciones político-diplomáticas en defensa de los derechos y prerrogativas de los católicos sobre los Lugares Santos. Bajo su mandato se inauguraron las iglesias de Getsemaní y del Monte Tabor, diseñadas ambas por el arquitecto Barluzzi.

Los párrafos seleccionados describen las querellas habidas con las comunidades ortodoxas con motivo del desplazamiento de la «Columna del Beso de Judas», lugar de peregrinación para los orientales. Esta columna se encontraba en la propiedad franciscana, justo encima del antiguo ábside de la iglesia cruzada; sobre la planta de ésta había sido diseñado el primer proyecto de reconstrucción de la iglesia. Tras llegar a un acuerdo, la Columna del Beso de Judas fue trasladada unos doce metros hacia el norte, el día 19 de enero de 1919.

El descubrimiento de los restos de la iglesia bizantina en 1920 y la consecuente decisión de modificar el proyecto inicial de construcción de la nueva iglesia suscitaron nuevas reivindicaciones por parte de las comunidades ortodoxas, que desembocaron en acciones violentas y en días de auténtica angustia para toda la comunidad franciscana de Tierra Santa. Tras quince meses llegó por fin el permiso del gobierno mandatario para reemprender los trabajos, esta vez inspirados en un proyecto totalmente renovado, que tenía en consideración los últimos hallazgos arqueológicos de la basílica bizantina, un proyecto ideado ad hoc por el arquitecto Barluzzi.

Año 1919: 24 de enero

El patriarca griego Damianos, en respuesta al escrito en el que le expresaba mi deseo de cerrar la esquina de Getsemaní y de trasladar la Columna del Paternoster o del Beso de Judas al nuevo muro que se construirá junto a la puerta del Huerto de Getsemaní, me responde por escrito dando su consentimiento. ¡Deo gratias! Esta gracia me ha llegado por medio de las ánimas del purgatorio.

Me había dirigido muchas veces al Gobernador Militar de Jerusalén, el general Storr, e incluso pedí al general católico inglés Bulfin que mediara también él. Desde hace muchísimos años los custodios habían trabajado para conseguir esa esquina tan necesaria para nosotros, sobre todo porque bajo ella se encuentra el ábside de la antigua basílica –que no se podría reconstruir sin contar con aquella esquina–. A todas las peticiones hechas en el pasado, los griegos siempre habían respondido negativamente y con pretextos absurdos. Una vez llegaron a pedir, como compensación, nuestra mitad del Calvario, mientras nosotros les ofrecíamos cederles el derecho que tenemos en el Viri Galilei [memorial en la cima del Monte de los Olivos, propiedad de los greco-ortodoxos]. Ahora ceden la posesión sin ninguna compensación... Pero repito que esto ha sido una gracia de las ánimas del purgatorio y, en sufragio por ellas, he pedido que, desde el día 23 de este mes, se celebren continuamente cantos gregorianos hasta la clausura de la Conferencia de Paz de París, donde serán debatidas nuestras demandas sobre los santuarios.

Año 1920: 1 de octubre

Ayer, habiendo cerrado la puertecilla por la que se entra a Getsemaní, porque allí mismo había que proseguir con las excavaciones, comenzaron los trabajos para abrir una puerta nueva más cercana a la hospedería, pero siempre en la misma dirección y en el mismo muro de nuestra propiedad. Hacia las siete y media apareció por Getsemaní un monje armenio que quería obligar a nuestro capataz, Abdallah Nasar Ciatara, a suspender el trabajo. Ciatara le dijo que se le había ordenado trabajar y que si tenía algo que objetar que se lo dijese al custodio. Como respuesta, el armenio le propinó un puñetazo en el pecho y un paraguazo en la cabeza. Ciatara ni se inmutó, así que el armenio empezó a gritar que le habían agredido e inmediatamente se presentaron en la puerta una veintena de monjes griegos acompañados por un policía local. El agente le dijo al albañil que suspendiera el trabajo, a lo que el albañil respondió que si no le mostraba ninguna orden del gobierno no pararía su trabajo. El policía, con buenas maneras, convenció a Ciatara para que parara, puesto que, viendo el acaloramiento de los griegos, podría ocurrir algún incidente grave. Ciatara suspendió el trabajo y mandó que me lo comunicaran.

Rápidamente escribí al ingeniero Barluzzi para que viniera a mi despacho. Llegó inmediatamente y, habiéndole contado lo sucedido, se dirigió a Getsemaní, donde encontró que había aumentado el número de monjes griegos que acompañaban al monje Timoteo, secretario canciller del patriarca griego. Discutieron mucho, pero fue inútil. Peor aún: a Barluzzi, el monje griego le pegó un empujón y encima hizo ademán de sacar del bolsillo una pistola. Al verlo, Ciatara se llevó a un sitio seguro a Barluzzi, quien después mostró al monje Timoteo los restos descubiertos donde la nueva basílica. Timoteo estaba de acuerdo con Barluzzi, pero decía que aquellos ancianos monjes griegos, muy fanáticos, no entendían estas razones. Para evitar más problemas, decidieron suspender los trabajos por aquel día. Mientras tanto, hacia las nueve y cuarto, le llegó al padre custodio una orden del gobierno obligando a suspender los trabajos, acompañada por las alegaciones del patriarca griego recurriendo al statu quo. Pero no se trataba de un lugar sometido al statu quo, puesto que se abría una abertura en un muro nuestro construido recientemente. El custodio, que había obtenido el permiso para abrir, pensó que se trataba de un error y envió rápidamente al padre Juan Forest al gobernatorado para aclarar la cuestión, mostrando el permiso del mismo gobierno (Departamento de Antigüedades) para proseguir las excavaciones. En el gobierno respondieron que la orden de suspensión venía del gobierno central del Monte de los Olivos.

Mientras tanto no dejaban de llegar a Getsemaní monjes griegos y armenios, que acamparon allí y mandaron que les llevasen de comer. Con esa respuesta del gobierno, solicité de nuevo al padre Forest que fuera al gobierno con el permiso obtenido del Departamento de Antigüedades para continuar las excavaciones junto con la orden de suspender las mismas.

A las tres menos cuarto de la tarde me dirigí al patriarca latino para contarle todo lo sucedido y por la tarde le envié un informe por escrito.
Antes de ir adonde el patriarca, llegó Ciatara para decirme que en Getsemaní los griegos y armenios estaban armados. De nuevo le pedí al padre Forest que fuera con Ciatara al gobierno a denunciar el asunto y pedir una inspección. En el gobierno no encontraron a nadie. Entonces el padre Forest fue a la policía y habló con un capitán, que prometió ir a Getsemaní. Y allí fue, a caballo, acompañado por un soldado y seguido de lejos por el padre Forest. El capitán, por la bajada de San Esteban, vio que llegaban hacia él una quincena de monjes griegos: les ordenó que se retiraran y lo hicieron. En Getsemaní, donde estaba el monje Timoteo, ordenó también a los otros monjes que se disolvieran, asegurando que los trabajos no proseguirían. Por otro lado, el capitán garantizó al padre Forest y a fray Julio Valorai, custodio de Getsemaní, que no habría problemas por la noche, porque pondría un puesto de guardia, cosa que hizo.


Ferdinando Diotallevi, Diario di Terra Santa (1918-1925), a cura di Daniela Fabrizio, Biblioteca francescana, Milano 2002